Opinión

Al final, el Che vivió más que Fidel

Al final, el Che vivió más que Fidel

Van a hacer cincuenta años de una efeméride particular y curiosamente convocante, del día en que al hermano de mi padre lo hirieron e hicieron prisionero en la selva boliviana, pesando la mitad de su peso habitual, extenuado en el más completo sentido de la palabra, desencantado en el más profundo significado del término, desaseado, hambriento, sediento, sin fuerzas y abandonado de la forma más intensa, mediante la traición más pulcra en el túnel de la oscuridad y el último dolor; y a la vez en el del alivio del final, el fin de la búsqueda compulsiva, obsesiva incesante, de su ejecución, timado por el mundo comunista por el que había dado y dejado todo.

Hoy, ya para celebrar su vida, su muerte o el púlpito de cada memorioso, se prepara una parafernalia similar a la de los años nuevos, a las de las navidades que detesto, y los correligionarios corren a ver quien llega más lejos en el guevarismo de la era del sofá, como quien pone el arbolito y el pesebre más grandes, ambos para recordar a dos hombres que sus acólitos dejaron sangrando en la cruz.

Los mártires sólo pueden ser enfrentados al enemigo. Los héroes, vivos y en casa, son un peligro para el Sultán.

Durante los años que empleé en alejarme de las sombras del mito de mi tío, he podido abordar sus escritos, sus opiniones, sus cartas, y en esta época de descanso de los secretos o tal vez de su conservación a merced de la ficción de encontrar todo en las redes, también pude acceder a documentos perdidos años atrás, discursos, reflexiones, entrevistas. Y para mi sorpresa reconstruí la figura del hermano de mi padre con los elementos que me proporciona el conocimiento y de relleno con los que me donó la deducción, el análisis de sus actos conociendo a la familia, los rasgos compartidos, los diferenciados, las filias y las fobias, sus probables hastíos, ilusiones y decepciones, aunque al cabo, igual que a todos, se me escapa la explicación a esa determinación con la que “parecía querer comerse el mundo”, como decía Chichina Ferreyra, su novia de juventud, y que lo llevó a ponerse el mundo por montera y pasar por encima de las preocupaciones cotidianas, de la vida en tamaño pequeño, del agobio de los minutos, la huida de los lazos afectivos, la abulia por las conquistas ya consumadas sea con las mujeres, con los proyectos, las carreras, los deportes, los aprendizajes, para situarse entonces en el casi imperceptible intersticio donde se gestan los cambios de dimensiones, de eras.

Recorrió tantos “Ernestos”, tantos “Ches” en treinta y nueve años, como es imposible concebir, aún siendo de su tiempo, de su familia, polifacético y proclive al testeo de experiencias, lejos de disfrutar la capacidad para abordar terrenos contiguos agónicamente, le producen agobio, fatiga, rugidos en los bronquios.

Me acerqué, a mi ritmo y con mis ópticas criticas, a la percepción silenciosa, íntima, relajada de la energía emanada por el hombre que había detrás de todo ese inmenso aparataje de barnices e intereses de un gran poder disfrazado de contracultura, que en la medida que transcurre el tiempo ha crecido exponencialmente y que hoy refulge en neón, reverdece en macetas regadas de abono químico mimadas por jardineros urgidos por vender sus frutos el próximo fin de semana en el mercadillo del siglo, con motivo del cincuentenario de su asesinato, de su ejecución, de su desaparición en combate o de su ajusticiamiento, según el punto de vista, pero en todo caso de su muerte física y del comienzo del mito del revolucionario por excelencia.

Durante largo tiempo intenté comprender qué habría llevado a Ernesto a sentir la necesidad constante de modificar las cosas, de participar del destino, y me preguntaba a partir de que instante comenzó a sentir la pulsión de la batalla, de la pólvora, del enfrentamiento, de la cercanía a la muerte, qué imagen femenina, qué mujer aparecía en cada huida hacia adelante y cual en cada conquista, de aquel hombre que amaba la poesía, la literatura, la filosofía, que había ido sensibilizándose con la pobreza de América e iba encontrando esa grieta para convertirse en el Condotiero del siglo XX, según sus propias palabras.

A lo largo de estos meses desde que falleció Fidel, con el emperador muerto pude imaginar la charla de ambos en el más allá, y del más acá pude comparar las enormes diferencias como personajes históricos, como pretendientes comunistas, como hombres frente a su palabra de honor, frente a su coherencia, a sus propios lemas y promesas, y sobre todo a la entrega de sus vidas a sus ideales o a la erótica y la comodidad del poder absoluto.

Me bastaba con sólo reparar en el hecho de que uno hubiese muerto en la selva boliviana abandonado por comunistas de Bolivia, por la URSS y por el líder máximo de Cuba, y que el otro fuese ese líder máximo de Cuba que vivió hasta los noventa años dilapidando hasta el último penique el capital de respeto que alguna vez en su juventud, maniobras y manipulaciones mediante, pudo haber ganado.

Uno, el que murió joven, incapaz de mentir incluso en declaraciones tan políticamente incorrectas y poco proselitistas como cuando en las Naciones Unidas dijo: “Hemos fusilado, estamos fusilando y seguiremos fusilando”, o como cuando arengó a sus soldados en Bolivia diciéndoles “casi todos saldremos muertos de esta contienda, quien quiera abandonar este es el momento”, frente al otro, que terminó sus días aterrorizado por la muerte y que manejaba como nadie la seducción, cuando prometía que se instauraría la Constitución de 1940 o cuando juraba en inglés “nosotros no somos comunistas y nunca lo seremos” y todos le creían y lo seguían.

El Che, con su honestidad en vida, conseguía que de una tropa de cien al final le quedasen diez; Fidel, con sus usos demagogos y maquiavélicos, lograba agregar millones a un grupo inicial de cien. Sin embargo luego, desde las tinieblas, desde el día de su muerte, el Che empezó a sumar millones de seguidores de no se sabe bien qué filosofía en concreto, pero acólitos al fin y al cabo, simpatizantes o militantes de ideología marxista, trotskistas, maoístas, anarquistas, peronistas, gente sin ideología política, lúmpenes, marginales, incomprendidos, perdedores estoicos, ganadores crucificados; en cambio Fidel se convirtió en la nada más triste, no es símbolo siquiera de sí mismo, había cansado tanto ya a quienes intentaban no ver sus incoherencias que no hubo manera de usarlo ni siquiera para adornar una camiseta.

Hace relativamente poco, encontré dos documentos audio visuales que apoyaron aún más estas observaciones. Dos entrevistas grabadas para la televisión norteamericana hechas en el año 1964, una al Che cuando era Ministro de Industrias y le faltaba poco para cambiar el rumbo de su proa, y otra a Fidel. Ambas hechas por la misma entrevistadora, Lisa Howard, una periodista, actriz, activista, mujer de armas tomar, firme, enérgica, de esas que derriban muros preestablecidos por la misoginia y el machismo universal.

Ambas entrevistas son una joya en sí mismas, por la seguridad de la entrevistadora, que se siente en ambiente y en todo momento pugna con las personalidades de sus entrevistados por no dejar que la testosterona marque el ritmo y el rumbo, por el carácter de los entrevistados y por el interés, más que de sus respuestas -habida cuenta que el tiempo concede contados perdones-, sí de sus modales y de sus improntas.

La entrevista del Che deja ver la pausa, la tranquilidad y la seguridad con que responde a cada pregunta, la complicidad es evidente, la cámara brindando primeros planos con los gestos, las sonrisas y las pausas familiares de los Guevara de estilo De Niro, dejan ver un hombre que de todas formas iba a morir joven, el mundo de los cargos directivos no soporta la franqueza.

En la de Guarapo (Fidel) -hoy a la distancia queda claro que era un engatusador, de las pocas cosas que se pueden rescatar es que se atrevía a manipular a todos y a todo para su lucimiento personal, pero a la vez que puede parecer seductor, también decepciona al más castrista de los castristas la miseria de semejante poquedad.

Este es en todo caso mi homenaje de ceremonial en esta vuelta número cincuenta del nacimiento de un símbolo para muchos de lucha, de entrega a la utopía revolucionaria, y para otros de extrema dureza e inflexibilidad, pero para todos, de una coherencia y claridad meridianas.

El mundo de los símbolos y los significantes necesitaba al Che más muerto que vivo. Pero en noviembre pasado cuando pudo hablar con Guarapo, seguramente le dijo, con su sonrisa sarcástica: “Después de todo, yo sigo vivo”.

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Tomado de Infobae