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Con la puerta de EEUU cerrada, así es la vida de los cubanos en la Pequeña Habana de Quito

Con la puerta de EEUU cerrada, así es la vida de los cubanos en la Pequeña Habana de Quito

La calle se llama Juan Paz y Miño, pero eso no lo van a decir los cubanos que por allí transitan. Para ellos es la Calle Ocho, su pequeña Habana en Quito. El sitio es tan cubano que hay un hombre que vende malanga en una esquina, a 50 centavos de dólar la libra.

Raydiel Rodríguez, dueño de la carnicería La Giraldilla, uno de los sitios icónicos de la calle rebautizada por los cubanos, dice que los isleños empezaron a asentarse allí en 2009, quizás un poco antes, por la cercanía de la calle con el antiguo aeropuerto de la ciudad. “Los cubanos nos quedábamos cerca del aeropuerto para recoger a la familia que llegaba, para enviar cosas, para volver a Cuba, aunque la idea de todos era llegar e irnos a Estados Unidos”, cuenta.

Los primeros comercios cubanos fueron convocando a más exiliados, sobre todo el restaurante El Floridita, nombre de uno de los bares más emblemáticos de La Habana, que tuvo entre sus clientes famosos a Ernest Hemingway. El lugar se mantiene, pero tiene otro dueño, Rey Arias, que llegó hace cuatro años. “El negocio era de un amigo que se fue para Estados Unidos y yo lo compré con un dinero que me prestó la familia que vive en Miami”.

Por la Calle Ocho y sus comercios han pasado miles de cubanos que hicieron escala en Quito para seguir su camino a EEUU. El plan era legalizarse, aunque fuera con matrimonios arreglados para reagrupar a su familia y seguir el viaje. Mientras esperaban el momento de partir, muchos entraron al negocio de comprar mercadería, sobre todo ropa que después enviaban a Cuba para revenderla y ganar algo de dinero. Pero ese movimiento de antaño se ha ido perdiendo.

Una de las razones es que ya no hay libre acceso para los cubanos a Ecuador, a raíz de la imposición de un visado en diciembre de 2015, que era temporal, pero que se volvió permanente. Las cifras de Migración dicen que mientras en 2015 llegaron casi 80,000 cubanos, en 2016 solo ingresaron 26,000 y hasta mayo de 2017 se registraron 11,000 cubanos.

A esto se suma que el grueso de los cubanos que estaban asentados en Ecuador se marcharon en estampida a EEUU cuando el presidente Barack Obama empezó a acercarse a Cuba. El temor de perder el beneficio de la política ‘pies secos, pies mojados’ fue el motor para que aquellos que no habían abandonado la idea de emigrar se aventuraran a hacer el viaje por tierra, a través de Centroamérica. En la víspera del cambio de las leyes de migración, un grupo de cubanos el año pasado apostó todo y empezó a acampar en la embajada de México para pedir un visado humanitario que les permitiera ahorrarse millas y riesgos en el viaje y pasar directamente a la frontera con EEUU, pero su pedido fue rechazado.

El grupo, sin embargo, empezó a pernoctar en uno de los parques de Quito para hacer visible su reclamo, pero aunque se multiplicaron en número, no lograron su cometido: la madrugada del 6 de julio fueron desalojados por la Policía de Migración ecuatoriana y los que no tenían papeles fueron detenidos y sometidos a un proceso de deportación inédito.

Más de cien personas fueron devueltas a Cuba en aviones de la Fuerza Aérea Ecuatoriana. Un grupo de activistas y abogados estuvieron junto a ellos y, tras su partida, se tomaron el trabajo de recuperar sus pertenencias, que fueron incautadas por la Policía. Luego convocaron a sus amigos y familiares para devolverlas, pero hubo varios objetos que nadie reclamó.

Vidas rotas reflejadas en objetos

En una maleta quedaron, sobre todo, cartas con saludos, con buenos deseos. Algunas dan cuenta de lo “grandísimos” que están los niños que se quedaron en Cuba. Una es de un padre que anima a su hijo: “Mi consejo de padre es que ya que estás en ese país que luches, que no te desanimes, que a los hombres no se les cuenta por las veces que caen, sino por la que se levantan. Búscate una mujer nativa de ese lugar, cásate y haz tu vida, que por muy difícil que veas las cosas, siempre vas a encontrar la salida”.

Hay un pequeño álbum con las fotos de una boda, en la que la gente sonríe y baila. Hay una Biblia con con algunos pasajes subrayados: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?”.

Se quedaron innumerables certificados de nacimiento de gente que nació en los 60, 70 y 80. Algunos son de niños, de dos hermanas, Elayne de la Caridad y Erika de la Caridad, inscritas en 2009 y 2012. Certificados penales, certificados de estudios, certificados médicos, fotos tamaño carné.

También hay una billetera rosada con piedras de fantasía con una factura del restaurante Monguito, de Cuba y apuntes sobre el valor de las escalas del viaje en su interior: 2,500 dólares a Quito, 500 hasta Panamá, 500 más hasta Costa Rica, 1,500 a Honduras y 1,500 a Cancún.

En otras billeteras hay estampas del Divino Niño, retratos de bebés, una ecografía, un carnet cubano rellenado a mano que venció en 2014, un carné de identidad cubano que vence en 2024, un pasaporte cubano con una visa ecuatoriana para actos de comercio ya caducada, con un valor de 200 dólares o el maletín de un congreso internacional de cirugía.

Los que se quedan

Para los que sobrevivieron a la deportación, los que se quedaron o los que llegaron después hay otra calle en Quito que también suelen frecuentan porque allí se han asentado los negocios cubanos. Paradójicamente se llama La Florida y también está cerca del aeropuerto de la ciudad. En este caso no hubo necesidad de renombrarla.

Allí se ven pequeños locales donde se emplean cubanos como la pizzería Orishas. Ahora está empleada Marlen Cuevas, que logra enviar entre 15 y 20 dólares mensuales a su familia en Cuba. Para ella, eso es un buen dinero, por eso no piensa en emigrar.

“Eso es todo un sueldo, con eso vive una familia”, dice. En las paredes de la pizzeria están escritos los mensajes que han dejado los viajeros que han pasado por allí: “Yemaya les bendiga”. “Qué rica pizza”. “Mil bendiciones para este negocio, hasta que se seque malecón”, se puede leer. Esto último es hasta siempre, explica Marlen, porque el malecón de La Habana jamás se va a secar.

Eugenia Hernández, que lleva tres años en Ecuador, también trabaja en uno de los locales de la zona, en una peluquería junto con un estilista ecuatoriano. En su caso envía dinero o mercadería a Cuba cada vez que puede porque tiene nueve hermanos en la isla. La Florida en su momento estuvo llena de locutorios, donde aparecían con frecuencia avisos de venta de menaje de hogar por motivos viaje, señal de que alguien partía hacia el norte y necesitaba dinero. En el boom de la llegada de cubanos era habitual que se pusieran anuncios para arreglar matrimonios y conseguir papeles.

Pero nada de esto se ve ahora. Los nuevos clientes de los locales cubanos son los propios ecuatorianos que finalmente han vencido su resistencia y han dejado de quejarse por la presencia masiva de cubanos. Ahora son los venezolanos los migrantes que más llegan y que parecen incomodarlos, los que se paran en las esquinas a vender jugos, pedazos de pasteles, arepas…

Tomado de Univisión

Por: Soraya Constante