Cuba

Para Cuba soy un muerto

Para Cuba soy un muerto

Que no les asuste el titular. Damos fe de que Pedro Antonio Peraza está muy vivo. Y se puede comprobar cada día viéndole pasear por Betanzos junto a su mujer Mirta. O con su perro Simón. A sus casi 70 años, tras poner fin a su vida laboral en una granja de Oza-Cesuras, Pedro es un trozo de esa historia medio desaparecida tras la caída del muro de Berlín. Porque tres cuartas partes de su existencia (insistimos: está vivo) han discurrido al otro lado del telón, en la Cuba comunista que tuvo que abandonar por la puerta de atrás casi con el cambio de siglo. Y eso pese a no ser uno de los frentistas catalogados en la isla caribeña como «enemigos de acción» ni «enemigo ideológico».

Pero Pedro tampoco era un ciudadano dócil para la estructura de Fidel Castro. «Pero luego están los ‘no enemigos’ que tampoco son ‘amigos’, son ‘discrepantes’ que al final reconducen de alguna manera. A mí me recondujeron entre comillas», describe Pedro, de verbo generoso y trato muy afable.

El problema de este cubano es que, pese a abrazar los ideales de la Revolución, aplicó el sentido común a todas sus estructuras, a todas las pequeñas decisiones que de este movimiento se derivaban. Y así la mitad de los enunciados no pasaban la criba. Uno de los ejemplos más claros está en el primer día de clase de Filosofía. El profesor escribe el nombre de la asignatura en el encerado y comienza a hablar de Marx y Engels. «Entonces yo levanto la mano y pregunto si para llevar un orden cronológico no era mejor empezar por Sócrates y Platón», recuerda Pedro. El profesor le da la razón, le reconoce que ambos personajes son muy anteriores. Entonces regresa al encerado y junto a la palabra «Filosofía» añade «marxista leninista». Aparca la tiza y retoma su discurso sobre Marx y Engels.

 

De los Jóvenes Rebeldes

«Yo tenía un problema ideológico para ellos», insiste Pedro. «Con 14 años acudí a una oficina para pertenecer a los Jóvenes Rebeldes y me anotaron en una campaña de alfabetización, pero cuando venía una autoridad yo no me callaba, decía que la libertad era muy importante, que había que discutir muchos aspectos de la organización en Cuba? yo tenía ideas propias». Y aquellas ideas propias le hicieron la vida un poco más incómoda a este hombre casado con la hija de unos emigrantes de Ortigueira. Pedro aún estudiaba en la universidad cuando nacieron sus hijos. Sus estudios redundaron en la mejora del régimen. Atentos al título de su tesis: «La influencia de la maleza de caza en las mezclas de moldeo», una obra que ayudó a impulsar una de las producciones vitales en la economía de la isla. Sus méritos académicos le hicieron incluso medrar como profesor adjunto en la universidad al tiempo que ocupaba un puesto de responsabilidad en una fábrica.

Pero el régimen lo tenía fichado como un «elemento incómodo» por esa manía de pensar por libre. «En 1984 se creó una comisión para ir a la URSS para conformar un convenio de colaboración en desarrollo de maquinaria. Me quitaron de la comisión, ¡cuando yo dirigía el proyecto!», recuerda Pedro. Lo mismo le ocurrió posteriormente cuando, pese al respaldo del subdirector general de la empresa, José Hernández Fonseca (hoy director de Cuba Libre Digital), le apartan de otro desplazamiento a Australia y Nueva Zelanda. Y tampoco pudo cumplir su deseo de ser reconocido como doctor pese al respaldo de su profesor. Para ello se necesitaba la autorización del organismo educativo. «Pero mis papeles no estaban por ninguna parte», recuerda.

La situación se hizo insostenible a partir de 1996. Ese año, la esposa de Pedro había visitado a sus padres en España. Al regresar a Cuba le recriminaron haber abandonado el país «sin permiso», la amenazaron con retirarle el carné de militante comunista y entonces fue ella quien lo devolvió. «Soy yo quien se va del partido», les espetó. A finales de ese año es la hija de Pedro la que viaja a España para no volver nunca más. Pedro temía por su hijo pequeño. «Nos asustaba la idea de que un día cogiera una lancha y se marchara».

 

1999, el adiós definitivo

La madre de Pedro murió en marzo de 1999. Tras su entierro ya no le quedaban vínculos, así que decidió que era el momento de dejar la isla. Hasta en la despedida, el régimen le recordó que no se fiaba de él. «Antes de salir me quitaron todo, la casa, los muebles… me tuvieron ocho meses esperando por un papel», recuerda Pedro, quien durante varias semanas durmió de prestado en casa de unos vecinos. Él mismo fue testigo de cómo otra familia ocupaba su casa. «Me quitaron el DNI, me dieron un pasaporte sin identidad, para Cuba soy un muerto».

Publicado en : La voz de galicia